Las historias de las damas de blanco, o fantasmas que seducen a los jóvenes entrada la noche, son conocidas en todo el mundo, pero ninguna como el caso de Rufina Cambaceres.

Rufina nació en 1884, en el seno de una familia aristocrática argentina. Su padre, Eugenio Cambaceres era un abogado y escritor de renombre mientras que su madre, Luisa Baccichiuna, una bella actriz austríaca, fue muy criticada por la sociedad porteña a raíz de su profesión, en ese entonces, considerada para mujeres de poca clase.

Eugenio Cambaceres murió de tuberculosis en 1888, cuando Rufina era apenas una niña, dejándola con una cuantiosa fortuna. Al llegar a la adolescencia, Hipólito Yrigoyen, de 45 años, se convirtió en su pretendiente. La niña no sabía que el amor de su vida era en realidad el amante de su madre, quien la drogaba para que no supiera de sus encuentros, incluso, dentro de su misma casa. Fruto de esta relación nació Luis, aunque Rufina nunca supo que era el hijo de ambos.

El día de su cumpleaños número 19, la familia organizó una fiesta en su honor y al llegar la noche, asistirían al Teatro de la Ópera para escuchar a la orquesta sinfónica.

Faltaban horas para el comienzo y Rufina prefirió descansar un poco. Cuando las empleadas regresaron a la habitación, la encontraron sin signos vitales. Según la periodista y escritora argentina Victoria Azurduy, Luisa le había dado una dosis de somníferos más poderosa que la habitual. La joven fue examinada por tres médicos pero no hallaron la causa de su muerte.

 

Otra versión afirma que murió luego de enterarse por intermedio de una amiga de lo que ocurría entre su madre e Hipólito.

La familia decidió llevarla al cementerio rápidamente sin realizar un velatorio. Días después, los guardias del Cementerio de la Recoleta notaron que la tapa del ataúd se había desplazado. Al abrirla, encontraron a Rufina con la cara arañada.

Se presume que fue enterrada viva, en estado de catalepsia, un episodio en el que el individuo no muestra signos vitales aparentes pero continúa con vida. La joven despertó adentro del ataúd y en su intento de escapar golpeó fuertemente la tapa, pero murió al no poder salir.

A pesar de todo, su familia tiene otra versión de los hechos. Afirman que el desorden en la bóveda Cambaceres se trató de un robo debido a que Rufina fue enterrada con todas sus joyas y que Yrigoyen jamás fue su pretendiente, sólo los unía una relación “padre- hija”.

Nace un mito urbano

Desde su muerte, muchos jóvenes de la época denunciaron que vieron a una hermosa mujer vestida de blanco llorando desconsoladamente. Se acercan, ella los seduce y guía hasta el cementerio de la Recoleta. Al llegar, reconocen a la joven de la escultura en la bóveda de la familia Cambaceres.

Otras personas afirman ver a la misteriosa dama de blanco caminando sin rumbo por las bóvedas.

Hipólito Yrigoyen, el pretendiente de Rufina, se convirtió en el primer Presidente de la República Argentina en ser elegido por sufragio universal, secreto y masculino, gobernó durante dos mandatos y fue una de las figuras más importantes del Partido Radical. Luisa, la viuda de Cambaceres, lo acompañó hasta el día de su muerte a pesar de que nunca se casaron y jamás reconoció legítimamente al hijo de ambos. Al cumplir la mayoría de edad, Luis cambió el apellido materno por Irigoyen (el apellido de su padre empieza con “Y”).

La bóveda de Rufina Cambaceres forma parte de los recorridos turísticos del Cementerio de la Recoleta, siendo una de las historias más conmovedoras y recordadas por sus visitantes.